miércoles, 29 de julio de 2009

Cuento de Hadas


Erase una vez, en una tierra muy lejana, una linda princesa, independiente y llena de autoestima que, mientras contemplaba extasiada la naturaleza de los hermosos jardines y pensaba en como el maravilloso lago de su castillo formaba parte del bello entorno ecológico, se encontró con una rana. Entonces, la rana salto a su lado y le dijo:

- Linda princesa, yo fui un príncipe apuesto y valiente, pero una bruja con un hechizo me transformó en esta rana asquerosa. Un beso tuyo, rompería este hechizo y me transformaría de nuevo en el apuesto príncipe que soy; y así podríamos casarnos y constituir un hogar feliz en tu lindo castillo. Mientras yo me encargo de los asuntos del palacio, tú vivirás para mi, sintiendo que yo soy la razón de tu ser, y el encargado de tu felicidad, me colmaras de atenciones, cocinaras, lavaras, limpiaras la casa, criaras a nuestros hijos, y viviremos felices para siempre -

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Aquella noche, mientras saboreaba las ancas de la rana acompañadas de una cremosa salsa bechamel, y degustaba un finísimo vino blanco, la princesa sonreía y pensaba...
¡¡NI MUERTA!!



Sinceramente creo que si la Bella Durmiente, Blanca Nieves, La Cenicienta, etc., vivieran en este siglo, ya se hubiesen divorciado, o lo que es peor vivirían sumidas en una relación enfermiza, diagnosticadas como co-dependientes, mujeres que aman demasiado, o seguro estarían padeciendo depresión post-parto. Y como no, si se la pasaron gran parte de su cuento de hadas sumidas en un sueño profundo y, tras despertar al calor del primer beso de amor, se casaron con un completo desconocido, que vino a rescatarlas para hacerlas felices y pasarse la vida comiendo pernices…Algo que solo parece ser parte únicamente de la literatura, pero que tristemente forma parte de la realidad del mundo en el que vivimos.

La felicidad, es un tema que han analizado científicos, médicos, filósofos, religiosos y poetas. Crecimos en una sociedad tan llena de cuentos, rodeados de un constante recordatorio alusivo, a que la felicidad es algo que se consigue a través de algo o alguien más. Tantos cuentos que nos leyeron en la infancia, tanta telenovela (que vaya que dramatizan la vida real) nos han inducido al error; nos desproveyeron de la posibilidad de analizar hechos y situaciones con una mentalidad y análisis tan poco critico, porque además, ser príncipe y tener sangre azul, jamás ha sido garantía de que un hombre será un buen marido, y para muestra la realeza inglesa. En resumen, todas estas ideas nos secaron el cerebro.

De verdad que nos tragamos el cuento, de que otros debían hacernos felices. Tremenda responsabilidad hemos endilgado a nuestras parejas, lo que termina convirtiéndose en una pesada carga que mina el encanto y enamoramiento después de la luna de miel. La leyenda del zapato de cristal, el hada y la calabaza convertida en carroza, sigue emocionando nuestros corazones. Y según los expertos en cuestiones psicológicas, esos sueños aun están presentes en nosotras, porque representan el sueño de muchas mujeres que anhelamos, en algún momento, ser salvadas por un príncipe apuesto, valiente y rico, para no tener que abrirnos camino en la vida por nosotras mismas. Cosa que casi siempre terminamos haciendo. Realmente creamos la ilusión de que el otro debía hacerme feliz, para lo cual mi mansedumbre y sumisión eran el pago en garantía.

Yo fui alguna vez una princesa que anhelo la llegada del apuesto príncipe. Si bien es cierto que llego, el príncipe no es ni por asomo, parecido a lo que yo haya podido imaginar o desear. Creo sinceramente que su realidad es aun mejor de lo que hubiera podido imaginar, porque ha sido a través de el, y de nuestro matrimonio, que he aprendido las más grandes lecciones que la vida me ha dado. Conste que eso no lo hace ni perfecto, ni mejor que nadie, simplemente, nos hace a ambos, ser quienes somos, y al conocernos, aunque no nos guste, nace la aceptación, y es a través de aceptar que logramos amar. Mi vida matrimonial me enseno que, el dolor que se puede llegar a sentir a causa de la desilusión y del despertar a la realidad de la verdad y de lo que es, ha sido una de las lecciones más valiosas que pude aprender.

No estoy interesada en un final feliz, porque aprendí que la vida es un continuo ir; no llegar a ninguna parte. Porque cuando hemos completado una misión, proyecto o sueño, siempre sentiremos la necesidad de ir a otro sitio, o buscar un nuevo proyecto a realizar.

De verdad creo que todo ocurre en el momento preciso. Y mi momento me enseño, que la verdadera felicidad no está en la personas, ni en las cositas bellas que hay alrededor, ni siquiera cuando me siento alegre, y/o llena de gozo; de verdad creo que es una actitud, y está dentro de cada uno de nosotros, y esta se activa cada vez que conocemos y aceptamos lo que es verdad, y la verdad es lo que cada uno tiene, lo bueno y lo malo. Cuando aprendemos a ver la vida y a las personas como son, y no como quisiéramos que fueran. No es fácil, pero es la tarea, y se necesita para poner en práctica lo que se aprende. Tener una actitud feliz jamás será algo espontaneo, por el contrario requiere de una buena dosis de desahogo, de saber reconocer que aunque lo que es no me gusta, está ahí, por una razón, que quizás no logro entender, pero lo hare, llegado el momento.

Nadie ha tenido como misión nunca, ser el encargado de la felicidad de otras personas, sino solamente compartirla y celebrarla, cuando aceptemos eso, creo que habremos aprendido a vivir felices.

Se feliz, que lo mejor siempre está por venir.

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